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La bebida de los dioses

Desde su descubrimiento gracias a los aztecas, el chocolate no ha dejado de levantar pasiones.

Beatriz Satrústegui 04/04/2019
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Escrito está en el libro azteca de los augurios que los dioses, compadecidos de las penurias del pueblo tolteca, enviaron a Quetzalcóatl montado en un rayo de la estrella de la mañana a socorrerlo. Con este fin, Quetzalcóatl llevó a los toltecas un árbol del jardín de los dioses de cuyo tronco nacían unas flores blancas y de sus ramas, una fruta amarilla que guardaba en su vientre unas amargas semillas negras. El árbol se llamaba cacao y con las semillas negras, una vez fermentadas para eliminar su amargor, se elaboraba una bebida de fuerte sabor que, según Hernán Cortés, «permite a un hombre marchar un día entero sin alimento»: el xocolatl.

Quetzalcóatl, antes de partir al remoto país de Tapallan, profetizó que regresaría «por donde sale el sol». En el año señalado en el calendario azteca, Cortés, vestido con una deslumbrante armadura, desembarcó en las costas orientales de México. Los aztecas lo creyeron su dios desterrado y, en la mesa del emperador Moctezuma, el falso dios extremeño probó el chocolate por primera vez.

De Hernán Cortés pasa a los soldados, de estos a los virreyes y gobernadores, y a los frailes y curas evangelizadores. Se atribuye a un grupo de monjas de un convento de Oaxaca la idea de mezclar chocolate y azúcar. Al clero le entusiasma esta bebida reconfortante que puede consumirse sin peligro porque no lleva alcohol. Pronto, los conventos le abren sus puertas e incluso se dedican a elaborarlo. Hoy en día, las trufas y rocas de las Clarisas de Nuestra Señora de la Bretonera, en Belorado (Burgos), hacen cierto el nombre que Carl Linneo dio a la planta del cacao: Theobroma, en griego, alimento de los dioses.

La corte española por entero se entrega al medicinal chocolate. No hay "vajilla" para consumirlo y se inventa: a la taza se la llama jícara y la bandeja con una abrazadera donde la jícara se coloca es la mancerina, en honor de su inventor, el marqués de Mancera, virrey del Perú. El chocolate se remueve con un molinillo de madera que luego los franceses incorporan a su chocolatière, o jarra chocolatera con mango en madera o marfil.

De nuestro país, el chocolate llega a Italia a través del español Reino de las Dos Sicilias y a Francia, entre el equipaje de la infanta Ana de Austria, esposa de Luis XIII. La corte francesa cae rendida. De su siguiente reina, la también española María Teresa, se dice que solo tiene dos pasiones: el chocolate y el rey. Lo segundo, bastante más dudoso que lo primero. Mazarino encarga a la fábrica de Sèvres una chocolatière en porcelana simple, sin angelotes ni flores ni diosas desnudas. Las diosas desnudas estaban en otro sitio: Madame du Barry, favorita del rey, utiliza el chocolate para arengar sus ansias amatorias, pues confiesa tener un «temperamento bastante frío». Debió de funcionar bien, pues su amante, un Luis XV convencido de las bondades de esta bebida, regala una chocolatière en plata dorada a su esposa, la polaca Marie Leczinska, que acaba de dar a Francia un heredero. El nacimiento del Delfín se celebra honrando las cualidades afrodisíacas del chocolate.

Giacomo Casanova toma chocolate como vigorizante, Madame de Sevigné lo mira con miedo, Juan de Palafox lo declara adictivo y de Carlos II, el Hechizado, dicen que se bebió al diablo en una taza de chocolate. A esto, y no a sucesivos matrimonios consanguíneos, achaca las deformidades del monarca su confesor. El chocolate, con su origen divino, siempre ha planteado problemas a la Iglesia. Una amiga mía monja defiende, muy seria, que el chocolate engorda como consecuencia directa del pecado original y que si este no se hubiera producido, engordarían las acelgas. Algo a meditar.

Beatriz Satrústegui es la impulsora de la tienda online Société de la Table, especializada en menaje y decoración de mesas. www.societedelatable.com


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