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Un sitio a tu mesa

Nací en el Mediterráneo (2)

Continúa la atribulada e insidiosa historia del origen del cristal.

Beatriz Satrústegui 23/01/2019
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cristaleria

Dicen que los primeros que abandonan un barco son las ratas. No se sabe bien si bajaron las primeras o las últimas, pero sí que fueron las pulgas de los lomos de las ratas de los navíos venecianos las que trajeron la Peste Negra a la República. La peste atacó Venecia en innumerables ocasiones y el Consejo de los Diez, con esa manía suya de agrupar las cosas "por islas", mandaba los cadáveres que se apilaban en los muelles –así como a todo aquel que tosiera dos veces– a pudrirse a la temible isla de Poveglia. Para otros isleños, los vidrieros muraneses, aquello fue too much. Pies, para qué os quiero. Francia, Alemania, Inglaterra, Austria y Holanda recibieron con los brazos abiertos a los exilados cristaleros venecianos.

Así fue, probablemente, como Domingo Barovier llegó a Palma de Mallorca en el año del Señor de 1599. Domingo era cristalero de una noblísima estirpe, descendiente de Angelo Barovier, inventor del cristallo o vidrio transparente. Domingo llegó exhausto y muerto de miedo. Había qué temer. El Consejo de los Diez ni perdonaba ni olvidaba. Esbirros venecianos son enviados a asesinar a vidrieros fugados a Viena, París o Florencia. El brazo de la Serenísima era tan largo como cruel.

En 1605, Domingo Barovier escribe a los Jurados del Magnífico Consejo de Mallorca reclamando asilo y pensión por haber enseñado el arte del cristallo «a dichos naturales e hijos del reino». Recuerda que huyó sin nada de su patria, que está en la miseria, y pide licencia para fabricar vasos y copas «limpios como el agua transparente de los manantiales mallorquines». Roma no paga traidores y parece que Mallorca tampoco. Domingo, quien nunca consiguió su licencia, huye a Madrid, pero deja huella en la isla, donde existen aún tres de las pocas fábricas de vidrio soplado a mano en España. De ellas, Gordiola, proveedores de la Corte del difunto Sah de Persia y de la Casa Real española, es la más antigua. En Segovia, Felipe V fundó en 1727 la Real Fábrica de Cristales de La Granja con lo mejor de cada casa: espejeros franceses, sopladores bohemios, un tallador de Hamburgo y expertos venecianos.

En Praga ya habían inventado el cristal de Bohemia, y comienza la distinción entre el vidrio y el cristal. Al de Bohemia le ponen potasio y tiza, y se dan cuenta de que con eso consiguen un material claro y transparente –más estable que el cristallo veneciano– que, además, se puede tallar y grabar.

En paralelo, un inglés con nombre de alumno de Hogwarths, George Ravencroft, añade plomo al cristal y crea una mezcla más estable y menos viscosa, que puede trabajarse a menor temperatura. El cristal resultante es más brillante y pesado. Y hace ping cuando lo golpeas con el dedo. Con ese "arte" que tienen los ingleses, se las apañan para convencer al mundo entero de que lo suyo, lo del vidrio con plomo, es lo mejor. Roban el término cristal a los pobres checos, y establecen la diferencia fundamental: vidrio sin, cristal con. Concretamente, 24% con. La revolución industrial facilita la aparición del vidrio sintético, los moldes y la fabricación en cadena. El precio baja y el glamour, también. ¿Las ventajas? Que todos tenemos vidrio en la mesa y que los muraneses, liberados de la prohibición de abandonar la isla, se pueden subir en Easyjet sin más miedo a la muerte que el natural cuando se usa tal medio de transporte.

Beatriz Satrústegui es la impulsora de la tienda online Société de la Table, especializada en menaje y decoración de mesas. www.societedelatable.com


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