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La llegada de la porcelana a Europa: El oro blanco

La llegada de la porcelana desde China desató la locura en Europa: todos querían producirla.

Beatriz Satrústegui 27/06/2018
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Historia de la porcelana

Foto: Getty Images.


Hace dos años se publicó un libro del ceramista Edmund de Waal titulado El oro blanco: historia de una obsesión. Oro blanco. Vete al armario y coge en la mano un plato de porcelana, el que sea. Dale la vuelta, golpéalo con la uña y escucha su particular sonido. No imaginas la fascinante historia que acumulan su blancura, su dureza, cada uno de los polvos de caolín que lo conforman. La trayectoria de la porcelana en Occidente es un cúmulo de ambición, envidias, intrigas, espionaje y obsesiones que nada tiene que envidiar a Falcon Crest. Es el relato de un siglo en el que los gobernantes de la mitad de Europa cayeron, heridos de muerte, por lo que los alemanes llamaron Porzellankrankheit, la enfermedad de la porcelana.

La porcelana, que nada tiene que ver con la loza europea, aparece por primera vez en el viejo continente de la mano de Marco Polo. En la China, el intrépido veneciano descubrió un tipo de cerámica blanca, translúcida, brillante. La llamó porcelana, del italiano porcella, la madreperla del interior de una concha. De la China también empezaron a llegar las primeras piezas. Nadie había visto nunca nada igual. En el siglo de las grandes compañías de las Indias Orientales, todas ellas empezaron a importarla. La ciudad de Jingdezhen se convirtió en un gigantesco hub de exportación, con fábricas y fábricas de porcelana, esmaltadores, pintores y ese puerto lleno de enormes barcos esperando llenar sus tripas de vajillas destinadas a las mesas de Europa.

Pero hubo un hombre que no se conformaba con importar como si no hubiera un mañana. Augusto I el Fuerte, rey de Polonia y elector de Sajonia, se consumía por la enfermedad de la porcelana. Necesitaba el secreto que los chinos guardaban celosamente. Los italianos lo habían intentado. Los franceses estaban en ello. Los ingleses y holandeses, también. Media Europa hacía guarrerías mezclando cáscaras de huevo, polvo de huesos, arcillas, cuarzo, alabastro y demás elementos extraños buscando el arcano misterioso. Augusto se hizo con un alquimista, Böttger, a quien encerró cual Rapunzel en una torre durante diez años. No saldría hasta que descubriera la fórmula secreta. Para vigilar al indisciplinado Böttger, el elector puso a Ehrenfried Walther von Tschirnhaus, un físico y matemático de su confianza. Tras dos lustros de trabajo, parece que fue Von Tschirnhaus quien resolvió la incógnita. Luego suceden cosas raras: Von Tschirnhaus muere, hay un robo de documentos y Böttger repentinamente escribe al príncipe elector anunciando que tiene la fórmula. ¡Eureka! Con los papeles de otro. Es 1710 y comienza el baile.

Las traiciones e intrigas no han hecho nada más que empezar. Se corre la voz por toda Europa: en un lugar de Sajonia han descubierto cómo hacer porcelana. Parece que hay un ingrediente secreto que han encontrado en una colina en las afueras de Dresde. La clave es el caolín, pero aún nadie lo sabe. El rey Luis XIV envía espías a Sajonia con bolsas repletas de monedas de oro. Pedro el Grande de Rusia manda los suyos. Los franceses medio compran, medio raptan a un experto que conocía el arcano. Descubren caolín en Limoges. Nace la manufactura de Sèvres. En Viena se abre la segunda fábrica de porcelana del mundo: Dupaquier. Los rusos compran a otro experto, Hunger, que resulta ser un timador. Por su culpa, la porcelana imperial rusa iría con cincuenta años de retraso sobre todas las demás. Augusto I el Fuerte muere en 1733, enfermo y arruinado, pero con una colección de más de 35.000 piezas de porcelana. Porzellankrankheit en estado puro.

Beatriz Satrústegui es la impulsora de la tienda online Société de la Table, especializada en menaje y decoración de mesas.
www.societedelatable.com


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