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Un sitio a tu mesa

El tridente de bolsillo

Contamos la historia de cómo el tenedor se hizo indispensable en nuestras comidas.

Beatriz Satrústegui 24/08/2018
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Historia del Tenedor

En los jardines Bóboli del Palacio Pitti, en Florencia, hay una fuente de un Neptuno con tridente al que los nativos llaman, un poco despectivamente, El Tenedor. Sabedores de que su ciudad está muy alto en el ranking de tesoros artísticos mundiales, los florentinos se permiten muchas de estas "gracietas" de falsa humildad, mediante las que simulan menospreciar su herencia cultural cuando, en realidad, fardan de ella. La fuente es una maravilla y ellos lo saben, pero fingen despreciarla, mientras aprovechan para recordar al mundo que el tenedor es un invento florentino. O, al menos, eso creen ellos. No lo es. Más allá de los hallazgos arqueológicos de tenedores egipcios, el tenedor llega a Europa, escaparate del mundo, de las manos de una princesa bizantina, Ana Teodora. Esta hija de Constantino X Ducas se casó en 1075 con el dogo de Venecia Doménico Selvo y, como parte de su dote, apareció en la Serenísima con un set de tenedores de oro que causaron escándalo en Venecia.

"La princesa Ana Teodora se lavaba las manos antes de comer y usaba tenedor. ¡Qué presuntuosa!"

A los venecianos, su nueva dogaresa les parecía una cursi presuntuosa. Se lavaba las manos antes de comer y en la mesa usaba tenedor. Aquello era una afectación vanidosa y decadente. El clero local la puso a bajar de un burro. Dios, en su infinita misericordia, decían ellos, ya había dado a los hombres instrumentos con los que llevarse los alimentos a la boca: los dedos. La impía Ana Teodora corregía a la Divina Sabiduría insistiendo en el asunto del tenedor. Así que, cuando pocos años después la dogaresa murió consumida por la peste, San Pedro Damiano vio clarísimo que aquello era un castigo divino por su terrible vanidad: «Oh, ¡si hubiera amado tanto la pulidez del alma como amaba la pulidez de sus manos!», escribió el santo. Y luego se meten con la Inquisición Española: en la república de Venecia te mandaban al infierno por comer con tenedor.

Pero muy a pesar de San Pedro Damiano, el tenedor arraigó y empezó a adquirir gran popularidad en toda Italia, y hacia 1400 –con unos mil años de retraso con respecto de la cuchara – da el salto a la primera línea de la política mundial de la mano de una ilustre florentina: Catalina de Médici.

Esta hija de un rico comerciante de Florencia se convierte, por carambola, en reina de Francia, y llega a sus nuevos dominios llevando con ella un cargamento de tenedores. Al principio, los franceses se mofan bastante. Catalina aparece banquete tras banquete con sus tenedores florentinos y los franceses se tiran por el suelo de la risa. Pero ella, muy seria, persevera. Pronto, poco a poco, algunos cortesanos avispados empiezan a imitar a la reina y enseguida los que se ríen a mandíbula batiente son los italianos al ver los tristes esfuerzos galos por "empalar" trozos de comida en su "tridente". Las familias pudientes comienzan a encargar tenedores de plata y como los franceses no saben hacer nada a medias, pasan, como un Lamborghini, de cero a cien en cinco segundos: llegado el siglo XX tienen tenedor de mesa, tenedor de pescado, tenedor de postre, tenedor de ostras, tenedor de crustáceos, tenedor de caracoles, tenedor de ensalada y tenedor de huevos, y para huevos, los suyos.

Con la invención del baño de plata, los americanos, pueblo mitómano donde los haya, se lanzan con tal fervor al muestrario de tenedores que, en 1926, Herbert Hoover, a la sazón secretario de comercio, se ve obligado a promulgar una legislación que limita a 55 el número máximo de piezas distintas en una cubertería de plata. El tenedor ha llegado muy lejos desde sus escandalosos orígenes.

Beatriz Satrústegui es la impulsora de la tienda online Société de la Table, especializada en menaje y decoración de mesas.
www.societedelatable.com


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