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Un sitio a tu mesa

Nací en el Mediterráneo

Este mes, Beatriz Satrústegui nos cuenta la historia del cristal. 

Beatriz Satrústegui 07/11/2018
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Historia del cristal

La casualidad está en el origen del descubrimiento del cristal.

Cuando veo un percebe, inevitablemente pienso en el valor que le echó el primero que se comió uno. Intuir que dentro de un tubo neumático peludo acabado en uña verduzca se esconde un manjar es de muy hábiles. Deduzco que, como en todo, tuvo que haber un punto de casualidad en ello. Como con el cristal. Nadie sabe bien cuál es su origen. Plinio, que era a la Roma antigua lo que el Hola a la España de hoy, dice que lo descubrieron de casualidad unos fenicios que transportaban sales yodadas hacia Egipto. Hicieron una parada técnica en una playa de Siria y allí mismo se montaron su "barbacoa". Quiso la suerte –o la monumental tajada– que parte de su cargamento de sales cayera en la hoguera, y aquella mezcla de arena, natrón y fuego dio a luz al primer trozo de cristal. Como siempre, a veces salen maravillas de mezclar cosas raras (no es el caso de la Pantoja con Paquirri, pero podía haber sido).

Otros discuten la versión de Plinio y hablan de cristal egipcio –el natrón, sal de sodio con la que se hace el cristal, servía también para embalsamar momias– e incluso de cristal romano. Todo ello se pierde en la noche de los tiempos. Lo que sí está claro es que, desde el casual descubrimiento de los "domingueros" fenicios, las ciudades sirias de Damasco y Alepo fueron, hasta el siglo XIV, el centro mundial del mejor y más famoso cristal. Hasta que apareció un mongol llamado Tamerlán, que en su idioma significa Timur el Cojo, y cojeando o no, dejó ambas ciudades sirias absolutamente planas.

Gracias al Mediterráneo, que era la autopista del sur de Europa desde la Edad Antigua, el natrón mezclado con plomo y arena acabó en Venecia. Más de una vez los hornos de los vidrieros fueron los causantes de grandes incendios y, por eso, en 1291 todos los vidrieros de Venecia se vieron forzados a mudarse a la isla de Murano. Además de eliminar el riesgo de fuego, el traslado sirvió también para facilitar el control, por parte de la República, sobre el gremio de los cristaleros, depositarios de un saber que les había hecho famosos en el mundo entero y que reportaba a la Serenísima enormes beneficios. Los vidrieros estaban obligados a vivir en la isla y no podían abandonar Venecia sin un permiso especial emitido por el dogo, so pena de ser enviados a galeras. A cambio de su semicautiverio, Venecia los colmaba de honores. Solo los maestros vidrieros y sus hijos, incluso siendo plebeyos, podían casarse con las familias más nobles. Ser vidriero molaba. Daba acceso a todo tipo de prebendas y beneficios, y los ingresos eran substanciosos. Casar bien, en la Venecia del siglo XVI, no era "pillar" un notario, era echarle el lazo al cristalero.

Pero en 1630 llegó la peste. Y con ella la huida de muchos venecianos, incluidos muraneses, lejos de su laguna patria. Unos emigraron a Alemania, otros a Bohemia, y con ellos salieron de Murano los secretos que la Serenísima tan celosamente guardaba. Otros cristaleros tomaron la autopista del Mediterráneo y recalaron en Malta y Mallorca. Y eso, queridos míos, la crónica del bello cristal mallorquín que hasta el día de hoy se sopla a mano en la isla, forma parte de otra historia que, si me hacéis un sitio a vuestra mesa, me gustaría contaros más adelante.

Beatriz Satrústegui es la impulsora de la tienda online Société de la Table, especializada en menaje y decoración de mesas. www.societedelatable.com


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