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Un sitio a tu mesa

El aperitivo

Usos y costumbres de una institución gastronómica española sin parangón.

Beatriz Satrústegui 18/05/2019
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El aperitivo

En mi corta experiencia como "tendera vajillesca" he tenido ocasión de constatar la obsesión generalizada que hay en este país con el aperitivo. Vender unas copas cuesta. Vender una vajilla, ni te cuento. Hay clientas que le dan más vueltas a un plato que lo que le dieron a la decisión de contraer nupcias. Pero es mencionar la palabra aperitivo y la fuente, bandeja o vaso que sea es adquirido con el frenesí propio del primer día de rebajas de El Corte Inglés. Sin dudar, visa oro entre los dientes, la señora procede rauda a la adquisición del cuenco del pulpito o la fuente estrella de mar.

Los argumentos lógicos que hacen que el cliente de turno no quiera llevarse a casa unos platos («ocupan espacio, no me van, ya tengo más») se suspenden como el estatuto de autonomía bajo el 155 del aperitivo. Da igual que sea el enésimo cuenquito, la fuente cuatro millones o la bandeja cuya entrada implica la necesaria salida de un hijo de casa: si en ello se puede servir jamón, cae seguro. Tal vez se deba a que esta es posiblemente la comida que más se disfruta de todas. Es anárquica, como somos los españoles. No hay menú. No tiene hora fija, puede ser de tarde o de mañana, puede suceder o no. E implica, normalmente, mucha gente, mucho caos y mucho alcohol.

El aperitivo, de origen romano, era en sus inicios una bebida amarga que se tomaba, cual tónico, para abrir el apetito y ayudar con la digestión. Los italianos la popularizaron en el siglo XX: que si camparis, negronis y martinis, todos con su punto de amargor. La dolce vita servida en un vaso. Pero es una versión guiri, como el aperitif francés, que solo es de beber. Lo nuestro es un asunto serio. La olivita, el queso, las croquetas, un buen jamón. Lo que compone el regio aperitivo español no tiene parangón en ningún sitio. Hasta hemos inventado una categoría específica de alimento: la tapa y el pincho, que son ya más típicos de la "marca España" que el Quijote, los toros o el Real Madrid.

En este país castizo del encurtido y la Gilda, el boquerón y la anchoíta, el aperitivo reina supremo. A la comida de antes de almorzar los franceses la llaman amuse bouche (entretiene boca). Suena a pipas, que entretener, entretienen un rato, pero no tienen entidad suficiente para un aperitivo español. Aquí pones frutos secos y te mantean. Porque en materia de dos platos y postre uno puede servir bazofia, pero en el aperitivo, no. En el aperitivo, la materia prima y variedad son motivo de orgullo y distinción para los anfitriones. Queso manchego con más años de curación que Jane Fonda en los escenarios, jamoncito de cerdo de bellota pura, bonito con ocho apellidos vascos. Tonterías, las justas.

Allende los mares, el aperitivo se limita a la bebida y sucede solo al caer el sol. Por eso, la tía nonagenaria de una amiga mía inglesa revive de su letargo cada tarde a las siete y avanza por el pasillo, camino del salón, frotándose las manos al grito de «uy, qué horita más buenaaaaa». El aperitivo destila buen rollo, de ahí su popularidad. Pero aconsejo moderación. No tanto con la adquisición de fuentes y vasos como con la ingesta de alcohol. Fundamental evitar situaciones como las que describía la popular novelista Dorothy Parker, aficionada ella al aperitivo: «Una o dos copas están bien. Con tres, estoy debajo de la mesa; con cinco, debajo de mi anfitrión».

Viva mi país, el país donde todo se celebra tomando una cervecita juntos, el país del aperitivo y de la familia, el país que aguantó una crisis de diez años con cinco millones de parados a base de tapeo, cañas, el cuñao y la abuela, todos ayudando. Viva el aperitivo.

Beatriz Satrústegui es la impulsora de la tienda online Société de la Table, especializada en menaje y decoración de mesas. www.societedelatable.com
 


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