desplegar menu NuevoEstilo
Buscador
mostrar/ocultar

Un sitio a tu mesa

Cenar “alfresco”

No todas las veladas bajo las estrellas son igual de glamurosas.

Beatriz Satrústegui 28/06/2019
Imprimir

Ilustración cenar alfresco

Con las primeras aguas del deshielo (para citar a mi añorado Félix Rodríguez de la Fuente) proliferan, allende la península ibérica, artículos varios sobre dining alfresco. Cenar “alfresco”, así, todo junto, como fetuccini Alfredo, y pronunciado “al-fres-cou”.

Hasta bien entrado el siglo XVIII, el comedor, en tanto habitación reservada a ese uso, no existía. La mesa de comer –o cualquier mesa que sirviera para ello– se trasladaba a aquel sitio o rincón de la casa en el que a su dueña le apeteciera comer ese día. Imagino lacayos de guante blanco y peluca empolvada siguiendo a María Antonieta, mesa a cuestas, por todos los jardines de Versalles hasta que Madame diera con el sauce llorón adecuado. Allí se colocarían la mesa –redonda, de caoba y con sus bronces, como son las mesas Luis XVI-, el impoluto mantel blanco, el candelabro de bronce con sus cinco velas y los platos de Sevrès pintados en bleuets, el decorado preferido de la reina. Y al caer la tarde, allí se sentaría la niña-reina con su caballero Von Fersen mientras hordas enteras de esos criados de peluca empolvada, como una blanca fila de orugas procesionarias, traen y llevan vino y manjares de las cocinas de palacio.

Eso es dining alfresco y lo demás, cuento. El dining alfresco de la baronesa Blixen junto a Robert Redford en la noche africana. El de la terraza romana con vistas al Coliseo de La gran belleza. El de la popa de una goleta fondeada frente a Capri. No tanto el de la silla de plástico –que se te pega a los muslos– de la terraza de debajo de casa, esa que separa sus mesas de la carretera nacional mediante dos tristes jardineras de adelfas medio mustias. Esa donde “degustar” unos boquerones mientras inspiras el CO2 de los tubos de escape de los camiones y el asfalto se derrite. El dining alfresco en las grandes ciudades está seriamente sobrevalorado. El “alfrescou” en condiciones necesita mar, jardín o una terraza con vistas. O a Robert Redford en el esplendor de sus cuarenta años. Con eso te puedes ahorrar el mar, la terraza, el jardín y, posiblemente, también la mesa.

Hace tiempo escribí un blog que se llamaba Pantaleón y las Decoradoras (me pirra la autocita, soy el Fernando Fernán Gómez de la decoración), donde tuve la oportunidad de explorar este tema con más amplitud que los 3.170 caracteres (incluyendo espacios) que me permite mi adorada (pero estricta) editora. En él os animaba a tomar las calles montando mesas en las aceras. Picnics improvisados con su punto sofisticado y transgresor. Cenar, más que comer, para evitar el calor del mediodía y para refugiarse, gracias a la oscuridad, de los municipales. Pero eso eran cenas urbanitas, en periodo lectivo. Ahora que se acerca el momento de “vacacionear”, ¿quién se resiste a un balcón, un prado o una playa? Hay algo especial en eso de cenar bajo las estrellas. Aunque mueras de frío, te devoren los mosquitos o ingieras sin querer una polilla. Aunque no haya mantel de hilo blanco, candelabro de plata ni caballero Von Fersen. Hay algo, que no sé qué es, que solo el sentarse a cenar en la oscuridad de la noche tiene. Aunque únicamente sea no ver bien al de enfrente para poder fingir que es otro.

Beatriz Satrústegui es la impulsora de la tienda online Société de la Table, especializada en menaje y decoración de mesas. www.societedelatable.com


Ver más articulos