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El café, un veneno lento

Un pastor de cabras etíope y un monje aprensivo están en el supuesto origen del café.

Beatriz Satrústegui 26/04/2019
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cafe

Cuentan que Nancy Astor y Winston Churchill se odiaban mutuamente. Un día, Nancy espetó a Winston: «Señor, si fuera usted mi marido pondría veneno en su café», a lo que él contestó: «Señora, si mi mujer fuera usted me lo bebería».

El veneno en el café es un recurso literario y cinematográfico utilizadísimo. En Café negro, Agatha Christie lo usa para asesinar a Sir Claud Amory; en Telón, hay nada menos que tres tazas de café envenenadas; y en Encadenados, de Alfred Hitchcock, Ingrid Bergman lo bebe sin saberlo. El amargo café negro siempre ha sido la bebida perfecta en la que introducir venenos varios. De hecho, el médico de Voltaire pensaba que el café era dañino en sí mismo y advirtió de ello a su paciente, muy aficionado al mismo, indicándole que estaba consumiendo un veneno lento. «Pero muy lento –contestó Voltaire–, porque llevo 75 años bebiéndolo y todavía, nada».

El café proviene de un arbusto que nace espontáneamente en las tierras altas de Etiopía, donde se cree está su origen. Hay varias historias sobre cabras que comen unas bayas rojas, y suben y bajan de los árboles espídicas perdidas. Encuentro un alivio en que tras el descubrimiento del té por un emperador y el chocolate por un dios, el del café nos lleve al mundo –mucho más democrático- de las cabras. El pastor de las susodichas dedujo que en las bayas algo había y las llevó a un monasterio (por motivos que no reveló), donde al monje de turno le dieron muy mal rollo; que si eran bayas rojas del demonio y, ale, a tirarlas al fuego.

El olor de los granos tostándose parece que propicia un cambio de idea y así comienza la vida del café. Recolectar, tostar, moler y hervir. Todo eso hay que hacer para beberlo. Complicadísimo que sea mera casualidad. Y confieso que ya estoy un poco harta de casualidades imperiales, divinas y bucólicas. El caso es que de Etiopía pasó a sus vecinos de enfrente, en la Península Arábiga, y desde allí, a través de La Meca, a todo el mundo musulmán. El café ayudaba a mantenerte despierto y así se rezaba mejor. Y de rezo en rezo, y de cafetín en cafetín, el café llega a Turquía, a Venecia, a Malta, a Inglaterra… Todos tomando café. Los árabes, en unos vasitos, y nosotros, en taza. Tazas que se inventan para dar servicio a estas bebidas calientes divino-imperial-pastoriles que nos habían invadido. Porque todas tiene en común el asa, fundamental para no quemarse. Salvo que seas chino, que no te quemas. Ellos llevaban milenios tomando té en cuencos sin necesidad de asa alguna.

La taza de café es pequeñita y tiene plato. Al menos en el mundo civilizado. En mi minoría de edad volví de Inglaterra con un recipiente cilíndrico enorme y con asa (un mug), que pretendí utilizar para el consumo de café con leche. Mi padre me confiscó el "pocillo cuartelario" e intento rehabilitarme. Ahora no hay oficina, película de Hollywood o anuncio de Nescafé sin "pocillo cuartelario". Pero daddy was right. Importante un plato para dejar la cucharilla (y evitar derrames, o "las pequeñas perdidas", como diría Concha Velasco) e importante también el tamaño de la taza. En la de café, sí importa. Ha de ser lo que los franceses llaman demitasse, de 80 ml, no solo para que el líquido no se enfríe, sino para controlar excesos, porque hete aquí que sí, que es verdad, que el café es veneno, aunque solo en grandes cantidades. Para matarte tendrías que tomar más de 50 tazas en menos de 10 minutos. Como método para el suicidio, se me ocurren mejores.

Beatriz Satrústegui es la impulsora de la tienda online Société de la Table, especializada en menaje y decoración de mesas. www.societedelatable.com


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