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La Provenza

Una vivienda en estado puro

Nadie mejor que el arquitecto Claudio Silvestrin, uno de los padres del minimalismo, podía hacer una vivienda moderna de este antiguo albergue provenzal de peregrinos del siglo XVII y respetar su espíritu.

Nuevo Estilo 21/08/2013
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El día que el matrimonio neoyorquino Bartos, de profesión galeristas de arte, descubrió esta construcción del siglo XVII de arquitectura austera y serena, no dudó en convertirla en su refugio de verano. Sin duda, la cara opuesta a su agitada vida diaria en Manhattan. Se trataba de un edificio localizado en un pueblo francés, entre Niza y Aix-en-Provence, que había servido como albergue para que monjes y peregrinos pernoctaran cuando recorrían el camino romano que conducía a Avignon.  

Los Bartos decidieron transformar el lugar en una residencia familiar, aunque, eso sí, conservando el misterio, la pureza y los silencios que caracterizaban el interior. Entonces pensaron en Claudio Silvestrin, uno de los arquitectos más prestigiosos dentro de la corriente y las teorías minimalistas.

Y es que los proyectos de este célebre profesional —autor de las tiendas del Grupo Armani, Illycafé o Cappellini— muestran siempre una sencillez tan extrema que recuerdan a espacios de culto, santuarios o lugares ceremoniales que invitan a la meditación. Por ello, los dueños confiaron en él para mantener la esencia del edificio y, al mismo tiempo, darle el aspecto contemporáneo que requería una vivienda unifamiliar del s. XXI. Por fuera, una nave de piedra con arcos ojivales por los cuatro costados y una cubierta a dos aguas; en el interior, dos plantas diáfanas y suelos fríos de tierra sobre los que descansaban los viajeros.

Propietarios y arquitecto se centraron en una idea: la revaloración del espacio vacío, que evoca conceptos como soledad, silencio, serenidad... Potenciaron planos limpios, alejados de cualquier ornamentación, y concedieron todo el protagonismo a la piedra de Beauval, extraída de canteras de Borgoña. Este material pétreo cubre suelos, escaleras y bancadas, y ofrece unidad cromática al interior.

Los dos niveles de la vivienda se unen a través de una estrecha escalera que arranca desde una pequeña puerta situada junto al gran portalón de la fachada principal. Este elemento, flanqueado por muros y que recorre de arriba abajo y en diagonal la casa, divide a su vez la primera planta en dos partes: a un lado del corredor se encuentran las habitaciones de invitados y al otro, el dormitorio principal, su baño y una zona en la que, a modo de galería de arte, los propietarios han colocado su colección de arte personal. Un gran salón, abierto a la cocina-comedor a través de un vano, y varias estancias de trabajo y ocio son las dependencias agrupadas en el nivel inferior.

En cuanto a la decoración, teniendo en cuenta el rechazo radical a todo aquello que resultase superfluo, encontramos un interior depurado y casi vacío que transmite serenidad. Una invitación al sosiego, difícil de encontrar hoy en las grandes ciudades.



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