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La casa reformada

Una torre del siglo XVI

Este torreón del siglo XVI atesora, tras una completa rehabilitación, recuerdos y musts decorativos que su dueño ha encontrado en viajes por todo el mundo. ¿El resultado? Un refugio con fuertes lazos emocionales y cierto aire provenzal.

Nuevo Estilo 07/12/2016
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El propietario de esta vivienda buscaba una construcción con carisma que destilara solera y sabor antiguo. Tenía que ser amplia para disponer de espaciosas estancias que albergaran un gran volumen de muebles y objetos, sobre todo antigüedades, de las que es un declarado coleccionista. También debía estar rodeada por un jardín donde disfrutar del sol y el aire libre. Y encontró en esta torre semiderruida, que data del siglo XVI, el lugar perfecto para dar forma a su sueño: una cómoda residencia de vacaciones que diera cabida a sus tesoros, al tiempo que «huyera de una estética impostada y muy rígida», explica el dueño.

Se puso entonces en marcha una completa operación de reforma en la que lo único que quedó en pie del torreón original fueron los sólidos muros de piedra de un metro de espesor. El proyecto, firmado por el arquitecto E. José Orruela Castillo, incluyó la participación de toda una batería de profesionales –desde herreros expertos en forja antigua a carpinteros y restauradores de lámparas, entre un sinfín de especialistas–, más la valiosa aportación de ideas de tres decoradoras que asesoraron al propietario desde el comienzo: Begoña Calzada, Malu Sanroma e Isabel Badiola.

El despliegue de talento y maestría en la recuperación de innumerables elementos singulares fue también clave para que la edificación renaciera de manera tan esplendorosa. Un ejemplo: la madera de derribo utilizada en los suelos y algunas paredes se sometió a una exhaustiva restauración, al igual que el amplio abanico de piezas que el propietario ha ido encontrando en anticuarios de todo el mundo. De hecho, embocaduras de chimenea, muebles, esculturas, espejos y una lista interminable de objetos proceden de hasta cuatro continentes, «porque intento que en la casa quede la huella de los lugares que visito en mis viajes», comenta. De entre todas las antigüedades, se declara apasionado del arte tribal africano y del arte sacro –ambos se muestran en el salón: un espacio de 60 m2 anexionado en el siglo XIX a la torre original– y también hace un especial hincapié en las exquisitas estufas de cerámica realizadas por artesanos de Florencia.

IDEAS DEL PROYECTO
- Madera exótica. Los entarimados del salón y el dormitorio los trajo el propietario desde Brasil. Proceden de derribos de casonas nobles y le enamoró que fueran tablas antiguas de distintas variedades de peroba y de canela, muy bellas y en muy buen estado. Un plus: tienen una anchura de 30 cm. Esa buena base se completó con la intervención del equipo de Landa-Ochandiano Arquitectos, encargados de restaurar las estructuras de madera.
- El cuidado de cada detalle. Todos los elementos de la casa muestran elevadas dosis de mimo. Es el caso de las puertas de la primera planta, que se han realizado con ventanas de iglesias brasileñas cuyos cristales de colores aportan luminosidad y un guiño al estilo colonial.



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