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En casa de Juan Carlos Ferrero

De país en país y de torneo en torneo, el tenista, Juan Carlos Ferrero, sueña con llegar a su escuela, en la localidad alicantina de Villena. En sus instalaciones ha construido su casa -blanca, despejada y contemporánea- totalmente a su medida: con estilo y diseño.

Nuevo Estilo 28/06/2013
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Su casa, situada a los pies de una montaña, no está rodeada de campo sino de 20 pistas de tenis. Es blanca, como la indumentaria del tenista, que nos recibe tímido, sonriente y raqueta en mano. El que fue número uno del tenis mundial, doble ganador de la Copa Davis y de Roland Garros, y Premio Don Felipe de Borbón al mejor deportista nacional, todo en 2003, lo tenía claro: «Quería construirme una casa aquí, junto a mi escuela. Desde que tenía 10 años he entrenado en estas pistas y aquí me paso el día. Con la vivienda al lado, puedo acercarme a descansar o a darme un baño en la piscina». Casi dos años le costó levantarla. El arquitecto Luis Sendra y Carlos Serra, interiorista, le ayudaron a hacerla realidad.
Así, en el interior de las instalaciones de la academia de tenis Juan Carlos Ferrero- Equelite-, propiedad del tenista, se eleva elegante una casa de hormigón y cristal con perfiles vanguardistas. Una hilera de baldosas blancas se abre camino entre la hierba y nos conduce hasta el salón, conectado al exterior y a la piscina por una pasarela de madera. «La quería así –asegura–, moderna, minimalista; sin colores fuertes, sólo los del mar, y con muy poquitas cosas. Este salón, abierto a la piscina, es lo que más me gusta.» Una gran televisión, escoltada por unos altavoces escultóricos y futuristas, ocupa el lugar de honor de este gran espacio diáfano. Debajo, una chimenea con cantos rodados blancos, diseño de Carlos Serra. Los muebles, puro diseño, pocos, escogidos y funcionales, sin más concesiones al ornamento que la espectacular araña de cristal de Murano que ilumina el comedor. Juan Carlos, conocido por un apodo que no le gusta mucho, El Mosquito, y que debe a su agilidad en la pista, es tímido y de pocas palabras. Encantado de convivir con cincuenta vecinos –los chavales que ocupan la academia–, sigue fiel a su vida y entorno de antes. No sólo mantiene su escuela y el mismo entrenador, sino que aún comparte casa con otro tenista, su amigo Israel, como cuando sólo era una joven promesa.
La casa, además del amplio salón y un aseo de invitados, cuenta, por tanto, con dos dormitorios con sus baños, una biblioteca o sala multiusos, y una cocina: «Aunque de toda la casa, yo lo que más uso es la piscina, la televisión y la nevera». Entre los proyectos de Juan Carlos está el volver a colocarse entre los top ten del mundo del tenis. Ahora está entre los veinte, pero confía en avanzar puestos pronto. Para ello entrena muchas horas diarias y no para de viajar: «Esto es lo más cansado, estar viajando durante años, una semana tras otra, un mes tras otro, tantos entrenamientos y tan poco descanso.» Además, ello le obliga a separarse largas temporadas de su novia, Patricia Bonilla, con quien sale desde hace cuatro años. A Ferrero no le gusta hablar de su vida privada. Y a la pregunta tópica siempre contesta que está feliz y ambos son aún muy jóvenes para pensar en mayores compromisos.



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