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Madrid, España

Màxim Huerta nos abre su recién reformado piso en Madrid

Desde su recién reformado piso madrileño, el escritor crea escenarios y personajes para sus novelas. ¿La premisa? Rodearse de aquello que le hace sentir bien.

Marta Riopérez 24/07/2018
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Centro de Madrid, una cuarta planta en un edificio antiguo. Pequeño, pero lleno de rincones, su rehabilitación es impecable. Màxim Huerta nos recibe en su piso una mañana del mes de mayo; vive aquí desde hace cuatro años. Él y todos sus personajes: «Cuando lo visité por primera vez y vi la sonrisa de la propietaria, me pareció que esta era como de mi familia. "¿Va a ser para ti? –me preguntó–, pues me quedo tranquila". La entendí perfectamente porque las casas son parte de nosotros». Confió la reforma al interiorista Juan Luis Arcos, de cuya vivienda, con madera y muy luminosa, el escritor estaba enamorado: «Para la mía, solo le pedí que no tocara la chimenea francesa original, todas las referencias a París y al mar me hacen estar a gusto».

¿Te ayuda esta casa a escribir? ¿Cómo lo hace?
Soy muy mediterráneo y la luz es vital para mí. Me encantan sus amplias ventanas y que el alféizar esté hacia el interior, así puedo sentarme en él y avistar lo que pasa en la calle. Tengo la sensación de que estoy en mi faro, es mi lugar favorito. Yo soy muy observador, no creo en la inspiración, sino en la percepción. Mirando encuentro historias: en cómo una pareja cruza un semáforo, en un hombre que se sienta solo en un café… Y de ahí nacen mis libros. Pienso que todos tenemos algo que merece ser contado. Además, he traído una mesa antigua que me regaló mi madre "para que en ella escribiera buenas novelas", es mi lugar de trabajo.

Está todo muy ordenado, ¿es solo para las fotos?
El orden es muy importante. También saber tirar, restar. Si acumulas, se acaba por dar sentido de trasto a las cosas; hay que aprender a despedirse de las piezas. Una vez que pasó su tiempo, te encuentras con que, en lugar de un objeto asociado a una emoción, ya solo hay algo viejo.

¿Es una decoración definitiva?
Suelo redecorar mucho. Desde pequeño he visto como mi madre cambiaba con frecuencia los muebles de lugar y entonces, aunque no hubiera dinero, parecía que la casa era nueva. Mudando los cojines o moviendo el sofá es como remaquillarla, puedes sentir que la vuelves a estrenar.

¿Te importa la belleza?
Me hace sentir bien, yo la encuentro en las pequeñas cosas: en una bola de nieve de París, en un libro que te regaló alguien... y, por supuesto, en las flores, siempre obligatorias. A todos nos gusta que nos reconozcan nuestra belleza, bien en nosotros mismos, bien en la capacidad de proyectarla. Yo prefiero que me digan “qué bien se está en tu casa” a “qué guapo estás”.

¿Qué cuentan tus paredes?
Tengo intuición para colgar los cuadros. Busco siempre la empatía entre unos y otros, sin un criterio previo, solamente siguiendo el impulso. De esta forma, todo sale bien. El hilo son los viajes, entre ellos mantienen una pequeña conversación de lugares: Praga, París, Lisboa, Italia…

Vemos una colección de cerámica...
Me recuerda a la cocina de mi abuela, llena de loza blanca y reluciente. La mayoría de estas piezas son regalos que me hago a mí mismo, cerámicas alemanas o francesas de las que me he ido encaprichando. No fui consciente de que estaba haciendo una colección hasta que vi que ya tenía muchas. Este conjunto blanco y luminoso dice cómo quiero que sea mi vida.

¿Y esa mujer del retrato sobre el sofá?
Es una obra del siglo XIX, un autorretrato hecho por una pintora que también era profesora. Es muy extraño encontrar este tipo de ejercicios en mujeres, le veo más valor por su diferencia. Su mirada me da paz.

¿Un novelista hablando de autorretratos?
En tus obras siempre estás tú. En las mías aparecen un montón de objetos fetiche que forman parte de mi vida real, por ejemplo, la mano que hay sobre la chimenea está en No me dejes. Mientras escribo una novela, me empadrono en ella y de la misma manera que decoro mi casa, necesito que lo que estoy narrando también sea así.

¿Cómo es tu librería?
Escogida. En ella están los libros que ya he leído; los pendientes se amontonan a la japonesa en la mesa, sobre el sofá o por el suelo. Necesito tenerlos cerca, suelo subrayarlos, los releeo y me llevan a cómo estaba emocionalmente en aquel momento. Lo que vas leyendo conforma tu equipaje de vida. Aquellos títulos que considero que no es necesario quedármelos, los abandono en un banco de la calle, justo debajo de casa, y tardan solo veinte segundos en desaparecer. Definitivamente, me gustan las viviendas con libros, aunque estén por leer. Son historias que van a pasar.

¿Cómo escogiste tu cuarto?
Quería tocar madera. Que la tarima del suelo, de tabla muy ancha, subiera por la pared hasta el techo creando un efecto cabaña.

¿En qué te has equivocado?
En ir deprisa, en decisiones impulsivas que, al final, tienes que rectificar. En el pasado pequé con la elección de los colores, con el tamaño del sofá, con sillas incómodas guiado solo por su aspecto… Y al principio, también aquí, con piezas que no encajaban. Como en todo, la calma es necesaria.

Màxim habla mucho de sus amigos, con quienes disfruta esta casa. También de cómo su madre le repite que haga su vida más cómoda: «Y las casas pasan por esto, deben ser fáciles y, lo más importante, hacer que te sientas bien y notes que es tuya. Al fin y al cabo –termina– es tu universo».

Realización: Cristina Rodríguez Goitia. Fotos: Pablo Sarabia



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