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Carlos Baute

Con su nuevo disco recién estrenado, el cantante venezolano, Carlos Baute, ha querido enseñarnos su piso, un ático dúplex en Madrid, con unas espectaculares vistas de la ciudad, donde se refugia a la hora de componer sus canciones.

Nuevo Estilo 28/06/2013
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Dice Carlos Baute que la suerte depende mucho del grado de optimismo que uno adopte en la vida. Tomamos nota, ya que sus éxitos profesionales y privados sintonizan con la desbordante vitalidad que desprende. «Desde nuestro salón hasta me parece ver el mar de fondo, ¿no crees?», nos comenta entre risas nada más entrar en casa, tras su cita matutina con el gimnasio y mientras el resto fijamos la mirada para ver a través de los cristales el reciente paisaje de Madrid, con cuatro nuevos rascacielos acotando el horizonte. Lo cierto es que el luminoso ático de dos plantas refleja la alegría y frescura del artista. Claro que su novia, Beatriz Mira Hafner, propietaria de la tienda Urban Gallery –un multiespacio al estilo Notting Hill cuyo estilo muy pronto revolucionará el decorador Tomás Alía con piezas propias y de diseño italiano–, tuvo mucho que ver en su decoración, limpia y joven.
«Mi aportación fueron los cuadros de toda la casa, principalmente pintores de mi país, como Aníbal Rangel y Arturo Quintero. El primero firma la obra del salón, en un rojo intenso, un color que me transmite su fuerza», nos explica Carlos, quien, además de su afición a la pintura, reconoce su pasión por la jardinería: «Me encanta leer sobre plantas y disfruto cuidando horas y horas de ellas».
Para componer, el cantante se refugia en su sala de trabajo, rodeado de guitarras, fotos personales y una gran mesa con varios ordenadores en la que lleva a cabo las pruebas de letras. Un rincón tranquilo donde han brotado muchas de las canciones del nuevo álbum, De mi puño y letra, grabado después en México. Lo que le gustaría es poder reservar más horas para fiestas en casa con los buenos amigos que tiene «por acá. No es justo vivir tan pocos años, ochenta no es nada. ¿Qué tal, al menos, doscientos?» ¡Ni que lo digas! Pero hace falta su energía inagotable. 



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